En las últimas entregas hemos señalado el regreso de varios personajes al mundillo político que desean a toda costa seguir dentro de la grilla local.
Desde Mauricio Vila Dosal recién empacado de los Estados Unidos, hasta gente como Ivonne Ortega Pacheco, el cambia camisetas conocido como el Amigo Libo, que supuestamente es un buenazo en todo.
Ni que decir del expulsado del PRI, Pancho Torres quien ahora dentro de la onda morenista quiere ser candidato a diputado federal por el VI distrito.
También dentro de esta lista está el caso de Rolando Zapata Bello quien a través de la corriente rolandista quiere seguir imponiendo a su gente para las próximas elecciones.
Otra joya el Gordito Marín quien a través de la franquicia PVEM intentará meter carne al asador, es decir que no se conforma con el cargo de senador, intenta seguir imponiendo más gente dentro del poder político.
El caso del Gordito Marín tiene otra vertiente, debido a que gente que lo odia o todavía lo admira no dudó en señalarlo como gobernador interino, lo cual resulta por demás ilógico pensar.
Quien para evitar un mayor linchamiento político y sin que nadie le pidiera una explicación lo negó rotundamente.
Hoy el grupo ligado a Ramírez Marín siguen en el pandero político buscando más posiciones, todos ellos ex priístas hoy morenistas por conveniencia.
La gente o mejor dicho los votantes ya no quieren saber nada de este tipo de personajes, puesto que es más de lo mismo.
Es decir que en todos los partidos políticos existe este tipo de personas que a pesar de que rebasen mínimo los 50 y 60 años, siguen exigiendo más candidaturas.
Ahora bien, no se entiende la terquedad de este tipo de políticos, si la mayoría de los votantes ya no quieren saber de esta gente, ni que decir de los jóvenes.
Los adictos al poder padecen la misma enfermedad que muchos líderes sindicales que a pesar de que la gente ya no los soporta, por sus numerosas mentiras y apatía total para representarlos, siguen de necios en seguir de candidatos y como el caso particular de secretario general se impone con numerosas trampuchetas y aplicándoles la misma medicina a sus agremiados sigue aferrado al cargo sin llevar al cabo un proceso interno apegado a la ley.
Finalmente, la adicción al poder se vuelve una práctica muchas veces repulsiva, ya que las cabezas de grupo siempre quieren encabezar las candidaturas sin importar el costo político que generan entre sus seguidores.
Por EL PRINCIPAL